martes, 7 de septiembre de 2010

CINÉTICA


Estoy a punto de alcanzar la velocidad máxima permitida en esta carretera. Debo estar atento. No puedo perder la concentración, sería fatal.  A velocidades superiores a los cien esta motocicleta vibra excesivamente, algo debe estar mal diseñado, supongo.  Pero ahora no, he pasado de los ciento quince y no noto esa sensación de vértigo que me produce cada pequeña sacudida.  He llegado a los ciento veinte, nada ha cambiado, la moto parece responder como nunca lo había hecho. Quizás sea la superficie de la calzada.  Algo diferente hay, no me cabe la menor duda.

He decidido tocar los límites.  Seguramente no tendré otra oportunidad igual. Es difícil que se repitan las actuales circunstancias.  Ciento treinta.  Parece que sigue respondiendo de maravilla.  Ciento cincuenta.  La sensación es maravillosa.  El viento golpea con fuerza en el rostro y tienes que fijar la mirada a un punto mucho más alejado. Ciento ochenta.  No me van a creer cuando lo cuente. 

Me he propuesto llegar a los doscientos.  Nada,... todo es suavidad.  Es una auténtica delicia.  Doscientos veinte, doscientos cincuenta, trescientos.  Parece que no tiene límite. He rebasado los trescientos con total normalidad. Ya no soy capaz de fijar la mirada. Antes de darme cuenta estoy allí.   Jamás pensé que sería posible volar de esta manera.

Al salir de una curva a la izquierda pude notar un ligero crugido, pero nada más. Todo fue diferente a partir de ahí.   Desde ese lugar habré recorrido cinco kilómetros, tal vez diez.

Tengo que volver, algo no marcha como debía.  ¿Cómo es posible?

Decido retroceder.  Debo encontrar ese segundo perdido.  Saber qué ha cambiado y por qué. Casi diez kilómetros.  Reduzco suavemente.  Ahora puedo distinguir algo sobre la calzada.  Una furgoneta permanece detenida en el centro, cerrando el paso, con un gran impacto en el costado izquierdo.  Nada se mueve.  Detengo la marcha y me apeo.  A unos veinte metros distingo un bulto sobre el asfalto.  Me acerco lentamente, mientras trato de comprobar desde la distancia si en el interior del vehículo hay alguien.  Estoy a sólo dos pasos del bulto. Permanece inalterable, mi presencia no parece afectarle.  El bulto se despeja, es una persona, inmóvil.  Tiene aún el casco puesto.  Me arrodillo junto a su quietud.  Debo comprobar si aún respira.   

Todo me resulta familiar.  Una vida ya vivida, una existencia reconocida. El cristal  del casco se mantiene impoluto, no hay vaho de vida.  Le conozco,... me reconozco.  ¡Que estúpido he sido!

sábado, 4 de septiembre de 2010

SER POLICÍA

Es difícil de explicar, pero hay profesiones que te esperan y otras que te buscan. La mía podría ser de las que te buscan, aunque eso, claro está, es fácil decirlo a toro pasado, una vez que has invertido toda una vida en ella. Sea como fuere, jamás me imaginé desempeñando este trabajo. Ser policía, o médico, bombero, veterinario o arquitecto, son algunas de las profesiones por la que suelen decantarse los niños, posiblemente influidos por los medios de comunicación y por el cine. La de policía es quizás la profesión que más ilusiona cuando eres un crío. El poder que te da una placa y una pistola, atrapar y detener a los malos y terminar siempre como un héroe, son razones poderosas para que, dentro del ideario infantil, ser policía sea la única o casi la única opción posible. Yo debo reconocer que jamás pasó por mi mente, jamás tuve el deseo de vestir un uniforme. Si alquien me hubiera dicho unos años antes que iba a ser policía y que esa iba a ser la única profesión que conocería, lo habría tachado de loco.

viernes, 3 de septiembre de 2010

JESÚS NEIRA

Los medios de comunicación se han hecho eco de la noticia de que el presidente del Consejo Asesor del Observatorio Regional contra la Violencia de Género de la Comunidad de Madrid, Jesús Neira, fue detenido en días pasados por la Guardia Civil y le han acusado de un delito contra la seguridad vial, por conducir un vehículo a motor en estado de ebriedad.


Según el relato de los hechos, el pasado miércoles el Sr. Neira circulaba por la M-30 conduciendo un vehículo turismo dando bandazos, llegando incluso a colisionar levemente contra un camión. Estos hechos fueron observados por un inspector del Cuerpo Nacional de Policía, que se encontraba fuera de servicio, quién decidió detener el vehículo y, tras comprobar el estado del conductor, dio aviso a la Guardia Civil.

La Guardia Civil sometió a este señor a las preceptivas pruebas de alcoholemia que, según las informaciones publicadas, arrojaron resultado positivo de 0,87 miligramos de alcohol por litro de aire espirado, es decir, el Sr. Neira conducía con una tasa de alcoholemia triplicando ámpliamente la tasa máxima permitida (0,25 miligramos por litro de aire espirado). El Sr. Neira fue detenido e imputado por un delito contra la seguridad vial. Posteriormente fue puesto en libertad y fue citado para que comparezca ante el Juzgado de Guardia para la celebración del correspondiente juicio.

Este profesor universitario se hizo famoso hace algo más de dos años cuando fue agredido por Antonio Puerta, al que recriminó por maltratar a una mujer, hecho que siempre ha sido negado tanto por el maltratador, como por la supuesta víctima. Las lesiones que sufrió en aquél suceso le postraron en una cama de hospital. Después de recibir numerosos reconocimientos y distinciones y de participar como tertuliano en diversos medios de comunicación, el Sr. Neira fue nombrado presidente del Observatorio Regional Contra la Violencia de Género de la Comunidad de Madrid.

Hoy este señor ha intervenido telefónicamente en un programa de televisión para explicar los hechos y para justificar su participación en ellos. Programa en el que, por cierto, el Sr. Neira también había participado como colaborador. Entre otras cosas, el Sr. Neira, ha reconocido que efectivamente había pasado una velada con unos amigos, entre ellos un Comisario de Policía, y que había ingerido una cerveza y posteriormente le habían dado a probar un licor de café, que, por cierto, no le había gustado.

Igualmente reconoció que fue detenido por un policía cuando circulaba por la M-40 y que en ese momento se asustó y luego se alegró de haber sido detenido. Trató de justificar su comportamiento alegando que desde que sufrió la agresión se encuentra en tratamiento y tomando un medicamento que es el que le ha provocado su estado y ha influido en su forma de conducir.

Es cierto que determinados medicamentos pueden influir en la capacidad física, pueden mermar los reflejos y la capacidad de respuesta ante determinados estímulos y puede potenciar los efectos del alcohol en el organismo. Así es, algunos medicamentos pueden actuar como potenciadores del alcohol, pero ningún medicamento tiene efecto multiplicador de la tasa de alcohol.  Es decir, la tasa de alcoholemia, es una medida objetiva del contenido alcohólico, en este caso, en aire espirado y la cantidad de alcohol solo aumenta si se añade nuevo contenido alcohólico, por lo que lo alegado por este señor resulta una muy débil justificación. En cualquier caso, quien está sometido a tratamiento con medicamentos, especialmente si se tiene en cuenta que no se trata de un “indocumentado”, es consciente de que en ningún caso se debe mezclar alcohol con ningún tipo de drogas o medicamentos.

Sorprende que a un señor, por el hecho de ser famoso o conocido, se le dé la oportunidad de justificar un comportamiento que carece de cualquier justificación y que merece el castigo que las leyes contemplan, pero es aún más sorprendente el tratamiento que los colaboradores del programa han dado a los hechos,  la suavidad y la comprensión que han tenido con este señor y más aún que hayan tratado de desviar el núcleo central de la noticia hacia el hecho de que estos acontecimientos hayan sido gravados o fotografiados por algún periodista que casualmente se encontraba presente.

El Sr. Neira, en un alarde de descaro, secundado por algún que otro colaborador, incluso se ha permitido el lujo de acusar a la Guardia Civil de haber dado aviso a los medios de comunicación para que estuvieran presentes y pudieran dejar constancia de los hechos.

Todo esto me recuerda las disparatadas explicaciones que suelen dar algunos conductores que han sido sorprendidos conduciendo bajo el efecto de bebidas alcohólicas y los inútiles remedios que algunos ponen en práctica para rebajar la tasa cuando van a ser sometidos a la prueba. Hay de todo en la viña del señor.

martes, 24 de agosto de 2010

EL SECUESTRO


Debo reconocer que en algún momento perdí toda esperanza de salir con vida de todo aquello. Aún hoy siento el frio acero acariciándome la piel. Noto como su frialdad me quema.

Todo se desarrolló de forma tan rápida que apenas tuve oportunidad de reaccionar.  Habiamos llegado de realizar las compras semanales. Busqué un estacionamiento lo más cerca posible de casa para aliviar el trabajo de descarga y subida de bolsas.  A veces la operación es realmente agotadora, especialmente cuando te ves obligado a realizarla en solitario.  El estado de Raquel le impide cargar peso, así que realizo el trabajo en fases.  Primero descargo y dejo descansar en el suelo, para luego, poco a poco, transportar todas las bolsas hasta la entrada de la vivienda.

Habia conseguido llevar a término la primera fase y me disponía a cerrar la puerta del coche cuando un escalofrío recorrió mi espalda al oír los gritos de una persona que, violentamente y a toda velocidad, se acercaba por detrás.   No era capaz de entender que era lo que decía, solo gritos y, a continuación, antes que pudiera volverme, sentí un fuerte golpe en la cabeza que casi me hizo perder el conocimiento y el equilibrio.

Eran dos personas, dos varones, probablemente jóvenes a tenor de la fuerza con la que actuaron.  No pude distinguir su acento.  No tuve oportunidad de verles el rostro.  Casi en volandas me condujeron hacia el interior de mi propio vehículo, me obligaron a subir a los asientos traseros.  Uno de ellos tomó la posición de conducción y lo puso en marcha, mientras el otro sacó una especie de bolsa de tela de color oscuro, que rapidamente me colocó en la cabeza aislando mis sentidos y evitando ser testigo de lo que me estaba ocurriendo.  A lo lejos oía a Raquel gritar pidiendo auxilio.  Mi desesperación me hizo suplicar que dejaran en paz a mi mujer.  Les hice saber el estado en el que se encontraba y del daño que podrían llegar a hacerle.

Los gritos de uno de los dos hombres arreciaron.  Me ordenó energicamente que me callara y sentí un dolor punzante primero en una pierna, después en la otra y el frio acero cerca de mi piel.

No sabría decir cuando tiempo permanecí en el interior del vehículo, ni qué distancia habíamos recorrido.  Si pude notar que un primer tramo debió desarrollarse por autopista.  Notaba que circulabamos a gran velocidad.  Luego el ronroneo del vehículo se hizo irregular y notaba la fuerza de la inercia meciendome a derecha  e izquierda.  Habíamos entrado en una zona de curvas y de fuertes subidas y bajadas.  

Probablemente una hora después el vehículo se había detenido.  Uno de los hombres se apeó y todo permaneció en un tenso silencio. Nuevamente noté un dolor punzante en el muslo, luego otra vez más, como si el individuo que aún permanecía a mi lado se estuviera entreteniendo en clavarme algún objeto punzante y afilado.  A cada acometida suplicaba por mi vida.  El individuo parecía disfrutar con lo que hacía y nuevamente me exigía silencio. Había encontrado una forma cruel de entretener su espera.  

Los segundos se hicieron horas y los minutos se conviertieron en eternidad.

- Te vamos a matar colega,  así que no grites más, cállate ya, no vas a conseguir nada lloriqueando.

Mi preocupación se centró nuevamente en Raquel.  No sabía que le habían hecho. Temí por su vida y por la de mi hijo.

Abrieron la puerta y me sacaron a rastras.  Me obligaron a permanecer erguido.  Las piernas me dolian, casi no podía mantenerme en pié. Oí pasos que se acercaban y como se detenían justo frente a mi.  Uno de ellos dijo algo que no entendí y, seguidamente, me despojaron de la bolsa que cubría mi cabeza.  Mis ojos se habían aclimatado a la oscuridad y ahora una luz cegadora me impedía distinguir lo que me rodeaba.  Creo que llegué a contar hasta cuatro personas, pero bien podrían haber sido más.

El que parecía tomar las decisiones, se me acercó lentamente.  Me miró fijamente y con desgana se volvió hacía los otros secuestradores.  

- Este no es,.....os habéis vuelto a equivocar.  Sóis unos estúpidos incompetentes.  Dejadle marchar y vámonos de aquí.

Nuevamente sentí un fuerte golpe en la cabeza.  Ahora no pude mantener la verticalidad.  Caí de rodillas y todo se volvió gris.   Permanecí acurrucado casi sin poder moveme.

- Toma, colega, con esto podrás volver a casa.  Algo has ganado,...., no lo vas a perder todo gilipollas.

El silencio volvió.  Oí alejarse mi coche y como pude me incorporé.  Tenia las pienas ensangrentadas y un fuerte hematoma en la cabeza.  Miré mi mano, me habían dejado tres euros para volver.

Mi coche fue encontrado totalmente calcinado varios días después.  Habían borrado cualquier vestigio, cualquier indicio que los identificara e incriminara.


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- Buenos días agentes
- Buenos días señora, dígame en qué podemos ayudarla.
- Solo quería hacerles una preguntita.
- Digame...
- ¿Sabe Vd. por qué no veo Ono en casa?
- Perdón.....
- ¿Que si sabe por que en casa no puedo ver la tele de pago desde ayer?
- Pues....., no señora, no sabemos por qué.
- ¿Pero a Vds. no les comunican estas cosas para que puedan informar a los ciudadanos?
- Pues no señora, desgraciadamente, no nos informan de eso.
- Pues vaya con la policía local, entonces ustedes, ¿para qué leches están?
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jueves, 19 de agosto de 2010

EL PRIMER CAFÉ

El trabajo a turnos tiene sus ventajas, pero también inconvenientes. Aquella noche casi no había pegado ojo. Siempre le ocurría con el cambio de turno. Normalmente terminaba sobre las diez de la noche y tenía que volver a incorporarse nuevamente a las seis de la mañana del día siguiente. Ocho horas mediaban entre la segunda tarde y la primera mañana, pero el tiempo de descanso efectivo jamás pasaba de las cinco horas. La falta de hábito y el vértigo de los cambios de turno le provocaban cierta intranquilidad que le dificultaba conciliar el sueño. Muchas noches, aquellas que denominaban “del salto malo”, se las pasaba en blanco, cambiando constantemente de postura para encontrar la que le pemitiera alejar preocupaciones, descansar y espantar esos pensamientos recurrentes, que terminarían poniendole aún más nervioso. Ya eran muchos años con la misma rutina sin que jamás hubiera llegado a acostumbrarse plenamente, todo lo contrario, las mañanas pesaban cada vez más y las largas noches, especialmente en invierno, pesaban aún más.

A pesar de ello, logró incorporarse a la tercera llamada del despertador. A partir de ahí, anduvo como en una nube, no era sueño sino estupor. El primer café de la mañana consiguiría reanimarle durante unos minutos.

El primer café era una costumbre inveterada a la que nadie estaba dispuesto a renunciar. Se ejercía como si de un derecho se tratara. Rápidamente se fue extendiendo al comienzo de cada turno y nadie sabía muy bien por qué. Unos invertían esos primeros minutos en algun bar estuviera abierto a esas horas, mientras otros, los que no tenían la posibilidad de salir debido a su servicio específico o los que no encontraban ánimo para desplazarse, ante la máquina de café instalada en el mismo recinto. En un caso u otro, ese primer instante se aprovechaba para comentar cualquier incidencia del turno anterior o cualquier novedad del servicio siguiente. Era un ritual que había conseguido atrapar a todos, incluso a los no cafeteros.

Aún no le había desaparecido el regusto dulzón del primer café cuando apareció aquella mujer. Los dos agentes que aún quedaban en la base se volvieron rápidamente hacia la puerta de entrada, como movidos por un resorte. Azorada, la mujer no sabia bien a cúal de ellos dirigirse. Parecía nerviosa y asustada. Sacando fuerzas de flaqueza, se aproximó lentamente al que le pareció podría tener más experiencia. Buscó con la mirada sus ojos. Su voz era apenas perceptible. Lo tuvo que repetir un par de veces más hasta que los dos policías consiguieron oir y entender lo que decía:

- Por favor, ayudenme, mi marido me ha pegado. Me ha pegado delante de la niña.

miércoles, 18 de agosto de 2010

ENEMIGOS


Está ahí, tendido al sol sobre la arena caliente. Es agosto, playa de poniente. Algo le cubre dejando apenas ver una mano oscura y los pies con calcetines blancos. Al fondo se adivina el traicionero ir y venir del oleaje. El mar, ajeno a la tragedia, se deja mecer por el viento.


No, no es un turista, no es un guiri adicto a nuestro sol y a nuestras playas. No es una apacible tarde de sol y playa. Es otro macabro hallazgo. Una, otra, vida segada. Un proyecto de nueva vida truncado cuando aún no se había iniciado. Una ilusión perdida. Otra víctima cegada por las luces de neón.




Más de dos horas de programa. Dos fulanos enfrentados a varios periodistas y colaboradores. Hablan, creo entender de una tal Pepa Jiménez y de otra tal Belén Esteban. No consigo enterarme absolutamente de nada. No sé de qué va este programa.

martes, 17 de agosto de 2010

DIÓGENES

Diógenes no es plenamente un tipo desgarbado, no le acompaña el mejor aire, pero si una buena disposición de cuerpo y un cierto desaliño, digamos que involuntario. Enjuto, alto como mandan los reglamentos, abigotado y justamente aseado. Tiene un caracter afable y cierta facilidad para el trato con compañeros y ciudadanos -a los que con reiteración califica de clientes-, es considerado y educado, siempre parece estar dispuesto a ayudar al que lo necesite y a solucionar cualquier problema que se presente. A primera vista diriamos que es un tipo normal. Al menos lo parece. Entró en la policía hace ya algunos años, por lo que no se le puede negar cierta experiencia, que no ha dudado en ampliar mediante el reciclaje.

A Diógenes le gusta acaparar y ser un poco el centro de atención. No duda ni por un instante en estar siempre en la cresta de la ola. Allí donde haya algún cocimiento, el quiere ser el cocinero, el pinche, el mâitre y el camarero. Su afición por el aparecer en todos los saraos la tiene tan desarrollada, que no duda, y además considera necesario para el buen fin de cualquier historia, en ponerse en primera línea, siempre que eso le reporte algún reconocimiento, algún premio o simplemente sirva para sacar una sonrisa de agradecimiento de alguno de sus jefes o vasallos. En esto no hace uso de convencionalismos. Para él lo importante siempre es el resultado y la satisfación de los “clientes” y por ello cree que siempre es necesaria su intervención.

Se siente, con no poca razón, infalible e insustituible. Nada puede ser igual en su ausencia y por ello trata de poner remedio por todos los medios a su alcance y tiene cierta habilidad para ello. Si algún o algunos compañero/os, por ejemplo, realizan casualmente o por constancia alguna intervención de las llamadas meritorias, Diógenes, que nunca pierde puntal, se las apañará para aparecer entre los que hayan logrado la hazaña. Será el que más arrojo haya demostrado, el que haya descubierto todo el desaguisado, el que haya puesto la primera mano, quien haya decidido las estrategias seguidas y por seguir, será el instructor y el secretario, será el que cuente con pelos y señales la intervención y no será, además, el detenido o el imputado por aquello de que siempre hay que guardar ciertas formalidades y no es aconsejable hacer algo que induzca a los demás a confundirte con los del otro lado.

Siempre hizo gala de que el puesto primero y los sucesivos ascensos los ganó a pulso y por méritos propios e intransferibles, aún cuando es insistente el rumor de que ya lleva gastados en su empeño varios miles de euros. Pero sólo es un rumor, al que Diógenes hace oídos sordos. Todo se debe a la envidia, le gusta decir, convencido de todo.