martes, 24 de agosto de 2010

EL SECUESTRO


Debo reconocer que en algún momento perdí toda esperanza de salir con vida de todo aquello. Aún hoy siento el frio acero acariciándome la piel. Noto como su frialdad me quema.

Todo se desarrolló de forma tan rápida que apenas tuve oportunidad de reaccionar.  Habiamos llegado de realizar las compras semanales. Busqué un estacionamiento lo más cerca posible de casa para aliviar el trabajo de descarga y subida de bolsas.  A veces la operación es realmente agotadora, especialmente cuando te ves obligado a realizarla en solitario.  El estado de Raquel le impide cargar peso, así que realizo el trabajo en fases.  Primero descargo y dejo descansar en el suelo, para luego, poco a poco, transportar todas las bolsas hasta la entrada de la vivienda.

Habia conseguido llevar a término la primera fase y me disponía a cerrar la puerta del coche cuando un escalofrío recorrió mi espalda al oír los gritos de una persona que, violentamente y a toda velocidad, se acercaba por detrás.   No era capaz de entender que era lo que decía, solo gritos y, a continuación, antes que pudiera volverme, sentí un fuerte golpe en la cabeza que casi me hizo perder el conocimiento y el equilibrio.

Eran dos personas, dos varones, probablemente jóvenes a tenor de la fuerza con la que actuaron.  No pude distinguir su acento.  No tuve oportunidad de verles el rostro.  Casi en volandas me condujeron hacia el interior de mi propio vehículo, me obligaron a subir a los asientos traseros.  Uno de ellos tomó la posición de conducción y lo puso en marcha, mientras el otro sacó una especie de bolsa de tela de color oscuro, que rapidamente me colocó en la cabeza aislando mis sentidos y evitando ser testigo de lo que me estaba ocurriendo.  A lo lejos oía a Raquel gritar pidiendo auxilio.  Mi desesperación me hizo suplicar que dejaran en paz a mi mujer.  Les hice saber el estado en el que se encontraba y del daño que podrían llegar a hacerle.

Los gritos de uno de los dos hombres arreciaron.  Me ordenó energicamente que me callara y sentí un dolor punzante primero en una pierna, después en la otra y el frio acero cerca de mi piel.

No sabría decir cuando tiempo permanecí en el interior del vehículo, ni qué distancia habíamos recorrido.  Si pude notar que un primer tramo debió desarrollarse por autopista.  Notaba que circulabamos a gran velocidad.  Luego el ronroneo del vehículo se hizo irregular y notaba la fuerza de la inercia meciendome a derecha  e izquierda.  Habíamos entrado en una zona de curvas y de fuertes subidas y bajadas.  

Probablemente una hora después el vehículo se había detenido.  Uno de los hombres se apeó y todo permaneció en un tenso silencio. Nuevamente noté un dolor punzante en el muslo, luego otra vez más, como si el individuo que aún permanecía a mi lado se estuviera entreteniendo en clavarme algún objeto punzante y afilado.  A cada acometida suplicaba por mi vida.  El individuo parecía disfrutar con lo que hacía y nuevamente me exigía silencio. Había encontrado una forma cruel de entretener su espera.  

Los segundos se hicieron horas y los minutos se conviertieron en eternidad.

- Te vamos a matar colega,  así que no grites más, cállate ya, no vas a conseguir nada lloriqueando.

Mi preocupación se centró nuevamente en Raquel.  No sabía que le habían hecho. Temí por su vida y por la de mi hijo.

Abrieron la puerta y me sacaron a rastras.  Me obligaron a permanecer erguido.  Las piernas me dolian, casi no podía mantenerme en pié. Oí pasos que se acercaban y como se detenían justo frente a mi.  Uno de ellos dijo algo que no entendí y, seguidamente, me despojaron de la bolsa que cubría mi cabeza.  Mis ojos se habían aclimatado a la oscuridad y ahora una luz cegadora me impedía distinguir lo que me rodeaba.  Creo que llegué a contar hasta cuatro personas, pero bien podrían haber sido más.

El que parecía tomar las decisiones, se me acercó lentamente.  Me miró fijamente y con desgana se volvió hacía los otros secuestradores.  

- Este no es,.....os habéis vuelto a equivocar.  Sóis unos estúpidos incompetentes.  Dejadle marchar y vámonos de aquí.

Nuevamente sentí un fuerte golpe en la cabeza.  Ahora no pude mantener la verticalidad.  Caí de rodillas y todo se volvió gris.   Permanecí acurrucado casi sin poder moveme.

- Toma, colega, con esto podrás volver a casa.  Algo has ganado,...., no lo vas a perder todo gilipollas.

El silencio volvió.  Oí alejarse mi coche y como pude me incorporé.  Tenia las pienas ensangrentadas y un fuerte hematoma en la cabeza.  Miré mi mano, me habían dejado tres euros para volver.

Mi coche fue encontrado totalmente calcinado varios días después.  Habían borrado cualquier vestigio, cualquier indicio que los identificara e incriminara.


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- Buenos días agentes
- Buenos días señora, dígame en qué podemos ayudarla.
- Solo quería hacerles una preguntita.
- Digame...
- ¿Sabe Vd. por qué no veo Ono en casa?
- Perdón.....
- ¿Que si sabe por que en casa no puedo ver la tele de pago desde ayer?
- Pues....., no señora, no sabemos por qué.
- ¿Pero a Vds. no les comunican estas cosas para que puedan informar a los ciudadanos?
- Pues no señora, desgraciadamente, no nos informan de eso.
- Pues vaya con la policía local, entonces ustedes, ¿para qué leches están?
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jueves, 19 de agosto de 2010

EL PRIMER CAFÉ

El trabajo a turnos tiene sus ventajas, pero también inconvenientes. Aquella noche casi no había pegado ojo. Siempre le ocurría con el cambio de turno. Normalmente terminaba sobre las diez de la noche y tenía que volver a incorporarse nuevamente a las seis de la mañana del día siguiente. Ocho horas mediaban entre la segunda tarde y la primera mañana, pero el tiempo de descanso efectivo jamás pasaba de las cinco horas. La falta de hábito y el vértigo de los cambios de turno le provocaban cierta intranquilidad que le dificultaba conciliar el sueño. Muchas noches, aquellas que denominaban “del salto malo”, se las pasaba en blanco, cambiando constantemente de postura para encontrar la que le pemitiera alejar preocupaciones, descansar y espantar esos pensamientos recurrentes, que terminarían poniendole aún más nervioso. Ya eran muchos años con la misma rutina sin que jamás hubiera llegado a acostumbrarse plenamente, todo lo contrario, las mañanas pesaban cada vez más y las largas noches, especialmente en invierno, pesaban aún más.

A pesar de ello, logró incorporarse a la tercera llamada del despertador. A partir de ahí, anduvo como en una nube, no era sueño sino estupor. El primer café de la mañana consiguiría reanimarle durante unos minutos.

El primer café era una costumbre inveterada a la que nadie estaba dispuesto a renunciar. Se ejercía como si de un derecho se tratara. Rápidamente se fue extendiendo al comienzo de cada turno y nadie sabía muy bien por qué. Unos invertían esos primeros minutos en algun bar estuviera abierto a esas horas, mientras otros, los que no tenían la posibilidad de salir debido a su servicio específico o los que no encontraban ánimo para desplazarse, ante la máquina de café instalada en el mismo recinto. En un caso u otro, ese primer instante se aprovechaba para comentar cualquier incidencia del turno anterior o cualquier novedad del servicio siguiente. Era un ritual que había conseguido atrapar a todos, incluso a los no cafeteros.

Aún no le había desaparecido el regusto dulzón del primer café cuando apareció aquella mujer. Los dos agentes que aún quedaban en la base se volvieron rápidamente hacia la puerta de entrada, como movidos por un resorte. Azorada, la mujer no sabia bien a cúal de ellos dirigirse. Parecía nerviosa y asustada. Sacando fuerzas de flaqueza, se aproximó lentamente al que le pareció podría tener más experiencia. Buscó con la mirada sus ojos. Su voz era apenas perceptible. Lo tuvo que repetir un par de veces más hasta que los dos policías consiguieron oir y entender lo que decía:

- Por favor, ayudenme, mi marido me ha pegado. Me ha pegado delante de la niña.

miércoles, 18 de agosto de 2010

ENEMIGOS


Está ahí, tendido al sol sobre la arena caliente. Es agosto, playa de poniente. Algo le cubre dejando apenas ver una mano oscura y los pies con calcetines blancos. Al fondo se adivina el traicionero ir y venir del oleaje. El mar, ajeno a la tragedia, se deja mecer por el viento.


No, no es un turista, no es un guiri adicto a nuestro sol y a nuestras playas. No es una apacible tarde de sol y playa. Es otro macabro hallazgo. Una, otra, vida segada. Un proyecto de nueva vida truncado cuando aún no se había iniciado. Una ilusión perdida. Otra víctima cegada por las luces de neón.




Más de dos horas de programa. Dos fulanos enfrentados a varios periodistas y colaboradores. Hablan, creo entender de una tal Pepa Jiménez y de otra tal Belén Esteban. No consigo enterarme absolutamente de nada. No sé de qué va este programa.

martes, 17 de agosto de 2010

DIÓGENES

Diógenes no es plenamente un tipo desgarbado, no le acompaña el mejor aire, pero si una buena disposición de cuerpo y un cierto desaliño, digamos que involuntario. Enjuto, alto como mandan los reglamentos, abigotado y justamente aseado. Tiene un caracter afable y cierta facilidad para el trato con compañeros y ciudadanos -a los que con reiteración califica de clientes-, es considerado y educado, siempre parece estar dispuesto a ayudar al que lo necesite y a solucionar cualquier problema que se presente. A primera vista diriamos que es un tipo normal. Al menos lo parece. Entró en la policía hace ya algunos años, por lo que no se le puede negar cierta experiencia, que no ha dudado en ampliar mediante el reciclaje.

A Diógenes le gusta acaparar y ser un poco el centro de atención. No duda ni por un instante en estar siempre en la cresta de la ola. Allí donde haya algún cocimiento, el quiere ser el cocinero, el pinche, el mâitre y el camarero. Su afición por el aparecer en todos los saraos la tiene tan desarrollada, que no duda, y además considera necesario para el buen fin de cualquier historia, en ponerse en primera línea, siempre que eso le reporte algún reconocimiento, algún premio o simplemente sirva para sacar una sonrisa de agradecimiento de alguno de sus jefes o vasallos. En esto no hace uso de convencionalismos. Para él lo importante siempre es el resultado y la satisfación de los “clientes” y por ello cree que siempre es necesaria su intervención.

Se siente, con no poca razón, infalible e insustituible. Nada puede ser igual en su ausencia y por ello trata de poner remedio por todos los medios a su alcance y tiene cierta habilidad para ello. Si algún o algunos compañero/os, por ejemplo, realizan casualmente o por constancia alguna intervención de las llamadas meritorias, Diógenes, que nunca pierde puntal, se las apañará para aparecer entre los que hayan logrado la hazaña. Será el que más arrojo haya demostrado, el que haya descubierto todo el desaguisado, el que haya puesto la primera mano, quien haya decidido las estrategias seguidas y por seguir, será el instructor y el secretario, será el que cuente con pelos y señales la intervención y no será, además, el detenido o el imputado por aquello de que siempre hay que guardar ciertas formalidades y no es aconsejable hacer algo que induzca a los demás a confundirte con los del otro lado.

Siempre hizo gala de que el puesto primero y los sucesivos ascensos los ganó a pulso y por méritos propios e intransferibles, aún cuando es insistente el rumor de que ya lleva gastados en su empeño varios miles de euros. Pero sólo es un rumor, al que Diógenes hace oídos sordos. Todo se debe a la envidia, le gusta decir, convencido de todo.

lunes, 16 de agosto de 2010

EL ACCIDENTE

Estaba muy cerca y no pude ver cómo pasó, sólo escuché el grito de Rafael, todavía me retumba en la mente.  ¿Cómo pudo pasar eso?, es la pregunta que me he hecho desde ayer.  Hablé con él debajo del camión, le acaricié, le pregunté su nombre, su edad y dónde le dolía, todo, me contestó, la rueda me ha pasado por encima, me dijo.  A mi marido le dijo, me estoy muriendo.  Se lo llevó la embulancia y luego supimos que falleció, no podía salvarse de ninguna forma, estaba totalmente destrozado por dentro y el lo sabía. Lo siento muchísimo por él y por su familia. Soy madre y me duele y pienso en su madre desde ayer, no hay consuelo, es el peor dolor que una persona puede sufrir, la muerte de un hijo. Nunca una madre debería sobrevivir a sus hijos. Que descanse en paz.
M. Carmen.

domingo, 15 de agosto de 2010

LA MIRADA

Llegó de madrugada completamente ebrio. Ella lo aguardaba descabezando el sueño, tendida sobre un viejo sofá. La niña dormida a su lado. Debía estar alerta por si al regresar necesitara algo. Solícita hasta en esas horas intempestivas. Nada más entrar se desató la tormenta, como en otras tantas ocasiones. Después huyó acobardado.

Te lo puedes imaginar, Javier. No he conseguido sacármelo de la cabeza. Sus ojos aún me miran desde la oscuridad. Aunque no quieras implicarte, te implicas. A veces casi no es posible mantener la equidistancia, ser y mostrarte indiferente ante el sufrimiento ajeno. Dicen que eso es empatía, una especie de capacidad que tenemos la mayoría de los humanos para ponernos en la piel de los demás, de vivenciar la manera en que siente otra persona ante cualquier acontecimiento, no lo se. Otras muchas situaciones similares, y aún peores, no me han dejado huella, como si hubiera estado inmunizado, quizás se debiera a mi estado de ánimo en cada momento.

Llegó muy temprano, o puede que muy tarde. Traía en brazos a una niña de muy corta edad, no más de tres años. Su cara anticipaba lo que luego contó. La mirada perdida, me traspasaba. No me veía. Creo que solo veía su propio sufrimiento. El miedo se reflejaba en su rostro, en sus movimientos, en su forma de hablar. La voz casi no le salía del cuerpo. Se retenía y luego seguía como si le costara encontrar las palabras adecuadas. Era evidente que necesitaba que alguien la ayudara, que la sacara del pozo en el que se había metido.

No se muy bien por qué elegí esta profesión, Javier. Te lo he dicho muchas veces. Y más aún cuando te encuentras ante situaciones como esta. Cuando, aún no faltándote predisposición, no sabes hacía dónde puedes tirar.

sábado, 14 de agosto de 2010

CINCUENTA AÑOS


En diez días pasaré esa "barrera" mítica de los 50. Medio siglo en tan solo unos días.

Dicen que al llegar a esta edad las personas sufren una crisis, la crisis de los cincuenta o la crisis de la mediana edad, y que afecta especialmente a los hombres.  Dicen que a esta edad se pierde vigor físico y sexual, que se entra en una especie de invisibilidad social y que comienza la edad del pánico, del miedo, tal vez por una mayor cercania a la muerte.  Yo no se si eso será cierto o no, hay quien piensa que todo eso son falacias, que miedo tendrá aquel que quiera tenerlo o quien tenga menores recursos de afrontamiento. Yo no le tengo especial miedo al futuro, creo que algo, sea bueno o malo, siempre está por llegar y la vida es un compuesto de ambos, de lo que te destruye poco a poco, segundo a segundo, y de lo que te mantiene un segundo más.

No es un momento de cambio, sino un momento de continuidad.  Nada empieza a los cincuenta, la vida no empieza a los cincuenta, pero tampoco empieza en este momento lo mejor de la vida.  No hay milagros.  Los milagros no existen.  Es o debería ser un momento de realismo, de aprovechar lo vivido, la experiencia adquirida para seguir viviendo minuto a minuto y día a día.  La vida no comienza a los cincuenta, la vida, el resto de la vida, comienza en cada momento, en cada instante.

Carajo, son cincuenta años ya.



Hoy he tenido la oportunidad de disfrutar de un día agradable rodeado de compañeros y amigos.  El verano ha propiciado el encuentro.  Habíamos organizado una comida comunitaria a escote y para ello nos hemos reunido en una casa de campo a las afueras de la ciudad.  Mucho pescaito frito, mucha cerveza, un paisaje inigualable, baños a destajo en una piscinita de agua salada, sol y mucha positividad.  El final del verano aún está por llegar.

Imagen: Claude Monet
 

jueves, 12 de agosto de 2010

HOLA MUNDO

Ni más ni menos que uno más. Uno entre otros muchos. Eso es este blog.  Otro invento más.
Internet se ha llenado, se está llenando, de listas de distribución, de blogs, de redes sociales, de inventos y de un largo etcétera que está por venir.  Yo por ahora me paro en esto de los blogs, no me meto en otras historias que no entiendo o que entiendo poco y mal. 
Los blogs me parecen, salvo muchas excepciones, un medio muy idóneo para la comunicación.  Lo personalizas, le das tu aire, metes unas fotos, videos y escribes sesudos artículos en espera de otros sesudos comentarios.  Da una imagen de ti, a veces oculta tras un seudónimo, y te permite expresarte libremente.  Los hay técnicos, dedicados específicamente a las nuevas tecnologías, a la misma internet, a los blog.  En estos, tengo que reconocerlo, me pierdo.  Demasiados tecnicismos.  Los hay de literatura (por cierto la mayoría utiliza la misma plantilla, al menos en blogspot, no se si es una moda o una seña de identidad del sector al que te adscribes), los hay de arte, de derecho, de historia, de chistes, de todos los temas que puedas imaginar.  (La verdad es que no se por qué cuento todo esto y tu, que has tenido la osadía de llegar aquí, ya sabes de qué va esto, seguramente sepas mucho mas que yo). 
Macho, los periódicos digitales se han llenado de comentaristas de todo pelo repartiendo estopa a diestro y siniestro y, según me dicen, esto es solo el comienzo.   La democratización ha llegado gracias al blog y a las redes sociales.
Abrochate el cinturón y preparate que despegamos.